· 

TODO LO QUE NOS CUESTA VER

Llevaba casi un año con molestias en los ojos. Me levantaba bien, pero a lo largo del día se me iban secando y, sobre todo, notaba su escozor mientras trabajaba. Al trabajar como terapeuta, tengo que estar muy pendiente de mis clientes y, por tanto, mi mirada se esfuerza el doble que en otros contextos. No es que solo me molestaran los ojos al trabajar, pero sí que era el momento donde más lo notaba. Y claro, tenía que reprimirme las ganas de pasarme la sesión parpadeando o rascándomelos.

 

Dejé de llevar lentillas, me siguió pasando. Probé las gotas, no funcionaron. Fui a la óptica, me miraron los ojos, me miraron la graduación, me cambié las gafas… Nada, seguía la sequedad y la molestia.

 

Quería dejar de sufrir por los ojos. Sabía que tenía que probar con el médico, pero me había cambiado de domicilio recientemente y aún no había hecho el trámite del nuevo centro médico, y, además, nunca he confiado mucho en ellos. Hacen bien su trabajo, pero lo hacen lento y te hacen ir de aquí para allá. ¿Y si luego de que me hicieran muchas pruebas y viajes, veía que no era curable, que estaba ligado a la menopausia o a otras cosas? No había ido aún al médico, pero tampoco tenía claro que fuera a ser la solución definitiva.

 

Así que llevé el tema a constelar. Estaba durando demasiado y, aunque no hubiera dejado de hacer cosas por ello, sí que me generaba no poder disfrutarlas. El trabajo mismo, me costaba el doble de esfuerzo.

 

Primero me vi a mi representada y a una especialista, una oftalmóloga. Esta última se paseaba con calma, con tranquilidad. Mi yo se acercaba a apremiarle:

-          ¡Cúrame ya! Rápido, haz tu trabajo, que lo necesito ya.

 

Mi impaciencia no se veía acompañada por el ritmo de la especialista. Vi esa escena, pero sentí que no me solucionaba nada. Era básicamente lo que me temía cada vez que pensaba en hacer el papeleo del médico.

 

Así que, cambiamos a la especialista, dejamos su esencia en un cojín en el suelo. Y entró la representante de mis ojos.

 

Nada más entrar, mi yo empieza a sentir vista cansada, algo que le pesa en la cabeza. Se nota con falta de descanso, de sueño. Los ojos, cuando me miran, sienten melancolía y tristeza. Estos deciden sentarse encima de la especialista, reafirmando cuál es el paso que toca, aunque no me guste.

 

Aun así, sentía que la constelación tenía más cosas que mostrarme, por lo que incluimos al trabajo ya que es el espacio donde más impacto me generaban las molestias.

 

El trabajo aparece y veo a mi representante agobiarse. No tarda en darle la espalda y en expresar cómo le quita la energía, lo poco que lo soporta. En un primer momento, me sorprendió tanto rechazo ya que me gusta y me gustaba mi trabajo. Pero sí que es cierto, que tuve un aumento muy grande de clientes, llegué incluso a poner un freno a la aceptación de nuevos casos. Pero parece que no había frenado lo suficientemente temprano, pues a mi yo le quitaba demasiada energía y mis ojos se encontraban desconectados, demasiado deslumbrados por ese trabajo actual.

 

Me planteé reducir mis horas de trabajo, hacer alguna cosa para disminuir toda esa carga que parecía estar pesándome y afectando a mi salud.

 

Se representó ese ideal, ese trabajo con una jornada un poco más reducida. Rápidamente, mi yo dejó de darle la espalda y se acercó a este ideal, dándole la mano. Estaba más contenta, más relajada y más feliz. Esta reducción, le quitó bastante la pesadez y el cansancio que llevaba tiempo acumulando.

 

A mis ojos, su entrada le había permitido volver a ver, poder volver a estar un poco más presentes.

 

Veía esta escena formarse ante mis verdaderos ojos y una parte de mi lo veía inviable. ¿Cómo iba a poder reducir mi jornada? Pero la verdad estaba ahí, me había encajado esa reducción, había visto cómo podía liberarme y cómo podía quitarme este cansancio que llevaba demasiado tiempo acumulando.

 

 

Así que tomé la decisión de reducir mis horas, quizás no tanto como las habían representado, pero un poco por mi salud física y mental. Y a la vez, decidí ir a supervisión mensualmente para que me ayude a gestionar mi trabajo como terapeuta y también pedir hora con el especialista. Estaba harta de las molestias en los ojos, pero solo estarlo no iba a hacer que encontrara su cura. Si yo no empezaba a moverme, nada se iba a mover.